|
 |
|
CHASCA, LA VIRGEN DEL AGUA
Con su vestido de plumas es la eterna nota blanca de La Barra.
Miguel Ángel Espino (1902-1967), notable novelista salvadoreño, recogió
la leyenda de Chasca en las siguientes palabras:
Chasca era la Diosa de los pescadores. Salía en la Barra de Santiago, en
las noches con luna, remando sobre una canoa blanca. La acompañaba
Acayetl, su amado. La pesca abundaba en esas noches. Aún hoy día se la
recuerda.
Fue en un tiempo lejano. En la Barra vivía Pachacutec, un viejo rico,
pero cruel. Tenía una hija prometida por él a un príncipe zutuhil. Se
llamaba Chasca y era bella.
Un día ella conoció a un pescador, apuesto mancebo a quien llamaban
Acayetl. Vivía en la isla del Zanate.
Y se amaron.
Pero Pachacutec se opone a ese amor. Sin embargo, todos los días, cuando
el sol abría los ojos tras la montaña, ella escapaba de la choza,
situada entre un bosquecito de guarumos, y se iba a la playa, donde
Acayetl desde su balsa cantaba dulces canciones.
Pero una mañana fue triste. La poza del Cajete amanecía dorada por el
sol. Un viento frío que se arrastraba raspando los piñales vecinos, olía
a mezcla. Triste y fría, triste y callada; triste y solitaria; así
estaba la poza del Cajete.
De pronto una canoa apareció. Era Acayetl. Corría, y ya se acercaba a la
playa, cuando entre los juncos de la orilla un hombre oculto disparó una
flecha. Era un enviado de Pachacutec. El pescador cayó muerto.
Y cuando el mar se estaba poniendo rojo, una mujer gritó en la playa.
Era Chasca.
Corrió loca en su dolor. Poco después volvía con una piedra atada a la
cintura y se lanzó al agua. El mar tiró sus olas sobre el cuerpo de la
virgen.
Cuando Pachacutec murió era una noche de luna. Entonces se apareció por
primera vez Chasca, en su canoa hecha de una madera blanca, al lado de
Acayelt.
En el paisaje de arena y sal, sobre el fondo negro del monstruo que se
agita, a la luz serena de la luna llena, Chasca con su vestido de plumas
es la eterna nota blanca de la Barra.
SUBIR |