LA CANECHA DE ORO

Esta leyenda es común en muchos lugares aledaños a ríos y pozas en los departamentos del norte del país. También se le conoce como El camaroncillo de oro.

En una ocasión, venía un señor ganadero con su mozo montados en sus bestias, y para llegar a su casa necesitaba pasar el río Lempa. El ganadero chifló a un campesino que estaba del otro lado del río para que les ayudase a pasar. Cuando el mozo del ganadero desensilló la bestia que traía, ésta corrió río abajo. Para entonces, eran las nueve de la noche, el mozo se fue detrás de la bestia. Cuando trató de agarrarla se topó con una mujer que estaba de espaldas, viendo al río, vestida de negro.

El mozo se regresó temblando de miedo y dijo a su patrón: -Don Socorro, el macho se fue río abajo y yo ya no lo seguí, porque estaba una mujer bañándose. Don socorro le respondió: -¿ Por qué no le hablaste? El mozo le dijo que era bien fea, que le brillaban los ojos, que tenía pelo negro y era mechuda, y que lo volvía a ver con unos dientes bien grandes. Entonces don Socorro, quien era muy valiente, se fue por donde le indicó el mozo y, cuando llegó, la vio y le habló diciéndole: -Mujer, pero, ¿qué haces de noche?, ¿tienes algún problema?; ésta volvió la vista a don Socorro y le dijo: -Yo soy una mujer que fui del mundo y por haberme portado mal he quedado penando y con esta fealdad. Pero me dijeron que si había un hombre valeroso que no me tuviera miedo, iba a dejar de padecer. Yo le tenía que indicar adónde podía pescar una “canecha” de oro, para que fuera feliz toda la vida; su ganado estuviera gordo, invierno y verano; cuando quisiera pescar, siempre le iba a ir bien y que iba a ser bienaventurada su familia, mientras él viviera. Dicha “canecha” sólo la iba a pescar los Viernes Santos, a las doce de la noche, en la poza más honda del río, y que el hijo primogénito tendría que hacer lo mismo y así por las generaciones. Luego le indicó que el macho estaba ahí, junto a él, y sólo había visto que se venía para abajo, para que se toparan con ella.

Don Socorro, el Viernes Santo de ese año, fue a pescar a la poza indicada y atrapó la “canecha” de oro, pero le dijeron que tenía que dejarla ir. Fue así que ésta le dijo: - Yo soy la “canecha” de la cual te habló la mujer y por lo tanto has cumplido lo que habías prometido. Y se cuenta que ese hombre tenía una gran suerte: a las gallinas no les llegaba el accidente; las vacas se mantenían, invierno y verano, siempre gordas; los patos permanecían bien frondosos. Cuando él tenía que pescar, siempre sacaba grandes cantidades, pero se oponía a que el río se tirara pólvora, pues mataba a los peces pequeños. Don socorro había comprendido que la generosidad trae abundancia.

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