LA CUYANCÚA

En las horas del anochecer, se oye, hacia el rumbo norte de la población de Izalco, en el departamento de Sonsonate, un graznido que sume en pánico a las familias de los barrios de ladinos e indígenas. Se trata de la Cuyancúa.

Quienes la oyen se encomiendan a Dios, se ponen en actitud beatífica y, con los ojos cerrados, piensan en el terrible animal.

Cuando alguien de fuera de Izalco inquiere acerca de ese ser que origina tan terribles sonidos y espantos, las personas del lugar le refieren que la Cuyancúa es una enorme culebra que vive en los alrededores desde hace muchos años, tantos que los relatos de sus existencia se remontan a los tiempos de los abuelos de los abuelos.

Algunas personas aseguran haber visto de frente al temido ofidio, lo cual les produjo tal impacto que cayeron desmayados y privados del habla. Tiempo después, al salir del trance originado por el miedo, esos protagonistas de la leyenda viviente narrarían sus experiencias a sus familiares y amigos, en los que brindarían detalles de esa visión legendaria, de esa serpiente en que se funden el misterio y el espanto.

Para quien se anime a buscarla, la Cuyancúa se mantiene en los alrededores del balneario Atecozol. Repta por las orillas del Quequeisquillo, se enrolla en los árboles y desaparece de la vista humana por algún tiempo. Poco después se le oye por Nahuilingo, se desliza por el río que pasa por la Quinta Rosita y va a asustar a las lavanderas del Río Grande.

Algunas personas, que conocen otra parte de la leyenda, aseguran que la Cuyancúa hace que brote agua de la parte de tierra en donde escarbó para echarse. De allí mana un agua limpia y fresca, que se puede beber sin ningún riesgo.

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