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LA BÚSQUEDA DE LA RECONSTRUCCIÓN CENTROAMERICANA
XI
LA POSICIÓN DOMINANTE EN LA IGLESIA DESPUÉS DE 1840.
Después de la Independencia, en ninguna parte de Hispanoamérica el
conflicto entre autoridad política y religiosa fue tan agudo como en
Centroamérica. El análisis de Marcos Salinas es paladino en cuanto a que
la búsqueda por San Salvador de la erección de su propia diócesis y
nombramiento de un obispo, partían de la consideración fundamental de
que "la independencia en lo político debía ir acompañada de la
religiosa". Este autor, identifica correctamente que el cisma de la
década de 1820 no se originó por el deseo de separación entre Iglesia y
Estado o un ataque a la religión. "Al contrario, el Estado se presenta
como defensor de la religión, como heredero del Patronato tuitionis.
Por ello podemos decir que el conflicto surge más bien de los excesos
regalistas del Estado y de la mezcla de los intereses políticos y
religiosos". Señalan, asimismo, que además de los beneficios económicos
que conllevaba administrar los diezmos localmente, contar con un
obispado y un seminario -beneficioso para la educación-, la erección de
la Diócesis era asunto de orgullo nacional ya que todos los Estados con
la excepción de Costa Rica tenían sus propias Diócesis desde el tiempo
de la Colonia. Con la revolución de 1829, se creó un anticlericalismo
sin justificación ni precedentes en Centroamérica, ya que la Iglesia
católica sobresalía por su pensamiento ilustrado y aunque en teoría se
decretó la libertad de cultos en 1832, en la práctica existió una
persecución de la Iglesia católica que tuvo como reacción un cambio
fundamental en la posición de ésta a partir de 1840.
En el plano internacional, el Vaticano, en la década
de 1820, temía relacionarse directamente con las repúblicas
independientes americanas porque España no las reconocía y presionaba a
la Santa Sede a su favor. Era comprensible la tensión provocada por esta
política en los primeros años de la década de 1830.
La situación de orfandad en que se encontraba la
Iglesia centroamericana, sin arzobispo y sin obispos se debía a la
dificultad que tenía el Vaticano para nombrarlos. Sin embargo, el
Vaticano hizo el esfuerzo de mejorar las relaciones con el gobierno a
partir de 1836. Esto también interesaba al gobierno de Morazán para
superar el agrio conflicto producido por su política y normalizar, así,
las relaciones. El cambio fundamental de condiciones emergió con la
caída del gobierno de Gálvez y de Morazán en 1838, y la
disolución, en la práctica, de la Federación, hecho que coincidía con un
viraje en la posición de la Iglesia. En 1839, la posición de la Iglesia
centroamericana, la situación política en el istmo y la posición del
Vaticano eran diferentes a las condiciones que existían en la década de
1820, en que se impidió la erección del Obispado en El Salvador.
En esas condiciones, el Vaticano comenzó, por
iniciativa propia, a reorganizar la Iglesia centroamericana nombrando,
en 1839, al Vicario Capitular de la Sede Metropolitana, Monseñor Antonio
Larrazábal como Obispo in partibus infidelium (Obispo titular).
Larrazábal no aceptó el puesto y el Papa acordó con esta decisión, pero
le conservó el título honorífico de Obispo electo. Políticamente, la
ruptura de la Federación en 1841 y, particularmente, el deseo fuerte de
separación imperante en Guatemala, hacían desaparecer el motivo de
oposición guatemalteca a la creación de la diócesis. En estas
condiciones finalmente todo era favorable para los salvadoreños para la
creación de su anhelada Diócesis.
Antes de entrar en detalles de la erección de la
mitra en San Salvador, es importante examinar el profundo cambio de
posición entre sectores de la Iglesia que marcaron la pauta a partir de
1840. Este es el llamado cambio del liberalismo de líderes, como
Delgado, José María Castilla, Antonio Alcayaga, José Simeón Cañas,
Isidro Menéndez, Antonio García Redondo, Francisco de Paula García
Peláez, hacia una posición conservadora en materia religiosa. Este
viraje fue defendido por líderes religiosos tales como José María
Herrarte y Juan José Aycinena que por estos años comenzaron su paso del
liberalismo a la búsqueda de un pensamiento conservador. Las dos
posiciones coexistieron puesto que sus personeros, tales como Isidro
Menéndez, vivieron hasta la década de 1850.
El viraje estaba sustentado por los cambios
políticos, pues la Asamblea Constituyente de Guatemala, a partir del 25
de julio de 1838, revocó la legislación liberal promovida por Gálvez y
Morazán. Invitó a Ramón Casauz a regresar a Guatemala, forjó una nueva
alianza Iglesia-Estado y abolió la ley del matrimonio civil y el
divorcio.
El nuevo pensamiento en la Iglesia fue definido
magistralmente por José María Herrarte, en su sermón en conmemoración
del 15 de septiembre de 1840, en la Catedral de Guatemala, en que hizo
del patriotismo el tema central. Herrarte comenzaba señalando que para
la Iglesia estaba claro que "no hay pueblo alguno... que se haya
desarrollado sino por medio de peligrosas transiciones: ésta parece ser
una ley general de la Providencia". Resultaba obvio que la situación que
se vivía era peligrosa y transitoria, empero transitando el camino
patriótico, se lograría el desarrollo de del país aunque hacerlo llevaba
a coincidir con la vida política con el propósito de Dios.
Resulta muy ilustrativo que, sin embargo, se presente
la agonía del liberalismo como el medio del que se vale la providencia
"para fijar en el espíritu del pueblo los principios de la justicia y de
la equidad, y para hacerle conocer las personas en quienes debe poner su
confianza". Esta es una franca alusión al nuevo régimen. Luego, pasa a
definir su visión de patriotismo y la relación con la religión:
"Me propongo hablar señor del patriotismo. Muchos han
hablado de él como virtud cívica. Yo voy a manifestar que su origen es
divino. Muchos lo han exagerado, sacándolo de sus justos límites; yo voy
a poner las reglas que la religión le prescribe.
La Naturaleza inspira al hombre el amor a su patria, como le inspira las
demás virtudes que ennoblecen su especie.
Jesucristo, autor de las sociedades, nos dio el precepto de amar a
nuestra patria, y nos dio también el ejemplo. El amor a la patria es
pues la virtud que la religión prescribe, pero siendo virtud tiene como
todas dos vicios opuestos. El egoísmo, sentimiento vil que nos hace
preferir nuestro interés al bien general... y la exageración del mismo
patriotismo.
La exageración del mismo patriotismo procede también
de un error. Confundiendo los medios con el fin del patriotismo que Dios
nos inspira para conservar y perfeccionar, lo convertimos en una pasión
desastrosa y terrible. En nuestra historia tenemos un ejemplo reciente
de los males causados por este funesto error. Luego que nos sentimos
libres, por nuestra emancipación de la España, la idea de la libertad,
ocupó de tal modo nuestros espíritus, que ya no pensamos en otra cosa
sino en ensanchar nuestra libertad, a cualquier precio. Seguridad, paz,
justicia y hasta la religión: todo esto nos parecía de un orden
secundario que debía sacrificarse a la libertad. De semejante principio
nacieron muchos actos que produjeron trastornos y desgracias; que
pusieron en peligro no solo la libertad que con tanto ardor deseábamos
ensanchar, sino también la existencia misma de nuestra patria. He aquí
varios ejemplos de la manera con que racionábamos entonces. El Gobierno
representativo federal es la forma más libre de gobierno, pero peligrosa
en el estado de nuestra civilización: sin embargo adoptémosla por que es
la más libre. Todas las leyes limitan la libertad; luego toda ley es un
mal: si ha de haber leyes que estas sean la expresión de la voluntad
general, lo que quiera la mayoría justo o injusto, esto será la ley. Los
privilegios y distinciones no ofenden el amor propio de los que no los
tienen; no haya pues privilegios: todos somos iguales, el literato y el
labrador; el hombre de Estado y el artesano, el propietario y el
proletario, el viejo y el niño,: todos podemos hacer las leyes o
derogarlas, todos podemos dirigir la República, gobernarla, administrar
justicia. La Religión es parte de nuestra legislación; podemos
arreglarla a nuestra voluntad, intervenir en su gobierno, aumentar y
disminuir sus fondos . Sólo el que ama la libertad, es patriota; el que
quiera restricciones no puede obtener ningún destino público, no puede
vivir entre los libres, no puede tener bienes, ni propiedades ni
derechos... Temo fastidiarlos, señores, si continúo recordando la larga
serie de máximas ruinosas a que dio lugar el desordenado amor a la
libertad. Las consecuencias de semejantes máximas las tenéis a la vista:
sería enturbiar la alegría de este día hacer la pintura de las
desgracias que produjeron. Experiencias tan costosas no deben verse con
indiferencia: aprovechémonos, pues, de lecciones tan dolorosas, y
procuremos arreglar nuestro patriotismo a los preceptos de la Religión.
Esta nos dice: la patria es sobre todo; pero Dios es antes que la
Patria. El pueblo es soberano; pero su soberanía es limitada por las
eternas leyes de la justicia y de la equidad: la libertad es buena; pero
mejor es la virtud que la sostiene. Ubi Spiritus Dominus, ibi
libertas".
Continuará la próxima semana…
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