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El Surgimiento de la Nación 1808-1823
III Parte
El primer movimiento
insurgente en Centro América
El 4 de noviembre de 1811 entró a San
Salvador la carreta que traía los últimos correos de Guatemala. Dos eran
las noticias de mayor relieve: la prisión del padre Manuel Aguilar, en
la capital, ordenada por el arzobispo Casaus y Torres, por sospechas de
subversión, y la orden para el párroco de esa ciudad, presbítero Nicolás
Aguilar, compareciera lo antes posible en Guatemala. La agitación
popular fue inmediata, y entre los crecientes rumores –de bajo pero
penetrante volumen- se decía que un español pretendía asesinar al
Vicario, presbítero José Matías Delgado.
Aquellas novedades precipitaron los
acontecimientos y, en cierto modo, la conmoción popular se salió de
control de los notables de la ciudad. El pueblo mismo se convertiría en
el gran protagonista durante las próximas horas. Media ciudad no durmió
la noche del 4 de noviembre, pues grupos armados rudimentariamente
dieron custodia a las residencia de los padres Delgado y Aguilar.
A media mañana del 5 de noviembre de
1811, alguien toco la campana del Cabildo –frente al costado sur de la
actual Plaza Libertad- y se congrego la multitud. Era Intendente de esta
provincia don Antonio Basilio Gutiérrez y Ulloa. Los hechos de aquel día
han sido llamados, poéticamente, el “primer grito de independencia”.
El movimiento depuso al intendente
Gutiérrez Ulloa, hecho tal vez ilícito, pero que en los próximos días
seria aceptado por el presidente Bustamante y Guerra como un asunto
consumado. Con cierta diplomacia, los lideres nombraron como Intendente
a don Mariano Batres, alto empleado de confianza del gobierno, con lo
cual demostraban cierta “moderación”.
Si, como cree Peccorini, esta agitación
no tuvo en sus principios finalidades autonomistas, sino de rechazo a la
represión contra los hermanos Aguilar y de protesta por onerosos
impuestos, lo cierto es que, en la medida en que pasaron los días, los
patriotas fueron mas allá de sus acciones protectoras de las autoridades
y de sus llamados a la moderación, y pasaron a ejecutar medidas de mayor
carácter insurreccional, como fue la de invitar a las otras ciudades de
la provincia a enviar delegados para constituir una nueva entidad
política con su gobierno.
Los lideres capitalinos aceptaron la
amarga realidad del rechazo de la mayoría de los ayuntamientos
provinciales e hicieron aprestos bélicos para defenderse tanto de las
amenazantes fuerzas vicentino-migueleñas, como, eventualmente, de las de
la capital del Reino. Sin embargo, ocurrió un desenlace imprevisto: “Los
insurgentes de San Salvador, al conocer que en vez de tropas el
(Presidente) Capitán General les envía unos mediadores, y que estos no
solo son criollos distinguidos, sino afectos a sus mismas ideas,
contándose entre ellos al autor de las famosas “Instrucciones”, -que
tanto han contribuido a formar el espíritu que ha hecho eclosión en San
Salvador- admiten que el Capitán General –marino al fin- les tiende un
cabo al cual asirse”.
El padre Delgado –el real factótum de
San Salvador- fue a recibir en Nejapa a los miembros de la misión
pacificadora que comisiona el presidente Bustamante y Guerra. Acompañado
de religiosos que enviaba el arzobispo Casaus y Torres, venia don José
de Aycinema, munícipe criollo de la capital, ahora en calidad de
Intendente en Comisión. Esto les tranquiliza, pues tal hecho significa
que el Gobierno da por consumada la destitución de Don Antonio por los
patriotas. Acompaña a Aycinena el Regidor Decano del Ayuntamiento
guatemalteco don José Maria Peynado. Este ilustre personaje al sustituir
a Aycinena en 1813 se verá envuelto en una crisis política que le
ocasionará un gran problema de conciencia.
Volviendo al recibimiento de los
“pacificadores”, hay que decir que el padre Nicolás Aguilar –el insigne
rebelde- no fue a encontrar a las nuevas autoridades, aduciendo que
tenia muchas cosas que hacer en su parroquia... Entre el 5 de noviembre
y el arribo de Aycinena y Peinado mediaron veintiocho días, de un
relativo “gobierno autónomo”.
Así concluyo aquel movimiento al cual,
después de tantos años, se le debe adjudicar con toda legitimidad, el
calificativo de insurrección. En todo caso, desde entonces hasta la
consolidación de la Independencia, San Salvador sería considerada por
las autoridades monarquías una ciudad efervescente, proclive a la
subversión, y los patriotas de 1811 estarían en la permanente mira de
las ultimas autoridades del declinante imperio español.
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