El Surgimiento de la Nación 1808-1823 II Parte

Último vistazo a la vida colonial de Salvadoreña

El 28 de junio de 1805 tomó posesión del cargo de Corregidor Intendente de San Salvador don Antonio Basilio Gutiérrez y Ulloa, quien ostentaba el título de “Caballero de Carlos III”. El nuevo gobernante se vio de pronto “(...) en un medio dominado desde hace mucho tiempo por la preponderancia criolla. Y ésta, como queda visto, cada vez menos domeñable”. En efecto, esta intendencia, y especialmente su capital, era regida en varios órdenes de su vida por una élite liderada por sus dos párrocos: el carismático presbítero José Matías Delgado, y el penetrante crítico del régimen colonial presbítero Nicolás Aguilar, quien con sus hermanos Vicente y Manuel censuraban cualquier tipo de arbitrariedad del viejo orden. Alrededor de estos personajes se movía toda una corte de hermanos, sobrinos, primos y allegados, entre quienes sobresalían Manuel José Arce, Domingo Antonio de Lara, Juan Manuel Rodríguez, Manuel y Miguel Delgado, Mariano Fagoaga, el influyente obrero Pedro Pablo Castillo y tantos otros.

Incómoda era la posición del funcionario español, quien –sin ser irrespetado- comprendía que no era del agrado de aquel notable grupo en cuyas voluntades estaba la vida religiosa, social, política y económica de la capital provincial.

En cumplimiento de reales disposiciones, Gutiérrez y Ulloa concluyó en 1807 el que vendría a ser el último gran reporte de la vida colonial de lo que ahora es El Salvador: “Estado General de la Provincia de San Salvador, Reino de Guatemala”. El 13 de marzo del citado año el Intendente remite el informe al presidente, gobernador y capitán general del Reino don Antonio González de Molinedo y Saravia.

El trabajo de Gutiérrez y Ulloa abunda en datos de estadística social, descripción de la vida en las principales ciudades, el atraso general reinante y una prolija enumeración descriptiva de pueblos, haciendas y rancherías. El detalle de los propietarios permite verificar que –a diferencia de ciertas historias que se cuentan- no eran los llamados próceres quienes poseían los más grandes latifundios, pues hubo centenares de familias dueñas de inmensas heredades y que no tuvieron participación política alguna en los sucesos de aquellos tiempos. Uno de los más notables propietarios fue don Gregorio de Castriciones, famoso prestamista a quien recurrían muchos productores de añil.

El historiador Héctor Lindo anota: “No es sorprendente, por tanto, observar que durante el período colonial, las mayores fortunas fueron hechas por los comerciantes guatemaltecos, quienes aprovechando las regulaciones impuestas y los privilegios otorgados por el régimen español, mostraron la mayor capacidad para organizar actividades económicas complejas y eran la principal fuente del crédito”.

Reporta don Antonio una población de 165,278 “individuos” en toda la provincia, subdivididos según en sistema de castas prevaleciente en 4,728 españoles, 89,374 mulatos y 71,175 indios. Como era frecuente entonces, las autoridades aparentaban ignorar la existencia de los ladinos que, en el caso salvadoreño, serían la mayoría. El Intendente probablemente los incluye dentro del término “mulatos”. El autor del “Estado General” reconoce que son los mulatos quienes corren a cargo de las artes y la agricultura. Los orgullosos mulatos miran con el mayor desprecio al indio. En el ramo de la salud reporta, por lo menos, 49 individuos entre médicos, cirujanos, boticarios y curanderos. Estos últimos son la mayoría: 26.

Un dato muy revelador del Informe es que la degradación ambiental de ciertas áreas norteñas del país y otros achaques sociedades ya existían desde entonces y mucho antes:

“La general aridez [en Gotera] o como causa o como inseparable compañera de la miseria, tiene a los habitantes de esta jurisdicción en absoluto entorpecimiento a excepción del cultivo de pocos xiquilites y pocas recolecciones de trigo, maíces y raíces insuficientes a su consumo, se desconoce toda la variedad y manufacturas, pues aún el laboreo de minas en que está impregnado su suelo, todo permanece abandonado por los pocos brazos, menos inteligencia y total falta de medios (...)”

Del montañoso Chalatenango expresa: “Su terreno pedregoso y desigual, sin monte en lo general, esterilizado su suelo, no proporciona otros frutos que el maíz, muy necesario pesa su consumo, y poco algodón, siendo casi único del producto de los xiquilites en cuyo cultivo y veneficio se ocupan españoles y mulatos”.

El panorama de San Miguel es desolador, a cuya descripción corresponde el siguiente párrafo:

“Estas circunstancias que parece deberían influir al engrandecimiento y fomento de la población, de todo el partido, se ven dolorosamente contrarrestadas con el desaseo, falta de agricultura, industria y artes. Su mala policía, la escasez de habitaciones, el desabrigo y poco reparo de los particulares, aun pudientes, reduce a los concurrentes a tener expuestas sus personas y efectos al rigor de la intemperie; la escasez de víveres, sin comodidad para surtirse de lo más necesario, las malas aguas, ocasionando los efectos malignos que se notan, la falta de empedrados en el suelo gredoso y propenso a corromper las aguas que con facilidad se estancan y empantanan; el exceso uso de licores fuertes y frutas desasonadas (...); su recinto [el cabildo] sirviendo de abrigadero a vagos y amistades pecaminosas y despreciables de la última plebe, y sirviendo todo desprecio público”.

Esto es algo de lo deplorable que vio Antonio Gutiérrez y Ulloa en las zonas alejadas de la capital, en donde –salvo “el terrible enemigo del movimiento subterráneo”- existían mejores condiciones, se consumían buenos frutos y había una relativa vida social entre aquellos orgullosos criollos. Cuatro años después, como se verá adelante, la gestión administrativa del antepenúltimo Intendente de San Salvador tendría un imprevisto y catastrófico final.

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