La estrechez geográfica empuja a los salvadoreños a la plena valoración
de lo que se tiene. Recorrer el país es sucesión de labor diaria en
lugares de la más variada actividad, en caseríos y pueblos con el
ajetreo de sus habitantes, con el espíritu de hombres y mujeres que
saben que todo más se aprecia cuando más cuesta. Así, hasta la cúspide
de los cerros están cultivados, los valles florecen y fructifican, el
trabajo nunca cesa, las industrias se multiplican y el salvadoreño
confía en sí mismo, en su capacidad y habilidad. Pero detrás de esos
cuadros del quehacer cotidiano están los paisajes insospechados de
expresiva y transparente belleza, los abundantes retazos de la
naturaleza prístina que derraman frescura. Estampas multicolores se van
desgranando una a una, comunidades de vida intensa y otras somnolientas
que todavía sueñan aplastadas por el sol, iglesias seculares y casas
blancas de tejado en tonalidades de naranja tostada juegan con los
verdes de los árboles, con el de inmensas ceibas, con los sosegados y
aparrados amates de sombras relajantes, con los nobles madrecacaos que
abundan y saturan el campo. Las felices bugambilias charlan con las
flores silvestres, los ríos serpentean y la brisa hace que los penachos
de palmeras y cocoteros estén en perpetua danza. Y siempre el calor
humano del clima, que por veces desafían los nubarrones que tratan de
ocultar el azul del frimamento, pero que pronto se disipan para dar paso
a las quietas tonalidades bucólicas de la campiña salvadoreña.
Caminar por El Salvador es ir tras la historia y sus monumentos, tras
las notas apasionantes del costumbrismo y el legado vernáculo, es
encontrar la sonrisa cordual, la amabilidad espontánea, el sendero de la
esperanza. Miles de pájaros vuelan sobre la enmarañada vegetación de las
montañas y los orgullosos peñascos; la algarabía pasa sobre tupidos
cañaverales y los ordebados cafetales, imprescindible sazón del paisaje.
Aquí para todos, el trabajo de cada día es la plegaria más sentida y
sincera. Aquí lo nuestro se estima, se cuida y se quiere.
El Banco Agrícola ha tenido la encomiable iniciativa de estas imágenes
salvadoreñas; va en ellas lo emotivo y lo bello, el mensaje y lo
trascendental. El esfuerzo es valioso, el resultado cautivador.
Significa tanto.
Tierra rica y poblada, de hermoso cielo y sanos aires. Mi patria.